La vida en los tejados

Arriba, por la noche, en los tejados, debe de suceder algo. No hay más que echar un ojo a las chimeneas bañadas de sombras, donde es fácil imaginarse que en algún instante, de pronto, van a salir los deshollinadores de Mary Poppins. No hay más que contemplar, por un momento, esa selva de antenas escuálidas y retorcidas, formando la arboladura de un barco anclado en la bahía; aquella es la mesana; la otra, la mayor. Este de aquí es el trinquete. En lugar de navegar sobre el mar, permanecen casi inmóviles bajo sus aguas, zarandeadas por el viento que las atenaza con su bufido. Todo sucede en los tejados por la noche.

Cafés literarios de Madrid: donde las palabras se convierten en humo y servilletas

Seguramente el lector lo habrá notado. Hay una atmósfera pajiza, vaporosa, en esos cafés madrileños de media tarde donde se escuchan de cuando en cuando, entre silenciosas pausas, ruido de platos y camareros. Las mesas suelen estar a veces en penumbra y la escasa clientela suele componerse de personajes que hablan de metafísica, escriben ideas geniales en servilletas o cuentan a su novia historias terribles.

En otros tiempos, herencia quizás de nuestros mentideros y corrales de comedias, se hizo realidad la costumbre de esas espirituosas reuniones poco recomendables para la gente de bien, los clubes y tertulias, políticas y literarias, un poco pasatiempo de madrileños perezosos y burgueses de provincias, intelectuales de medio pelo y aspirantes a escritores y políticos. Yo también he estado en algunos de esos espacios de sosiego donde la mente humana humea de forma metafórica junto al café negro que se eleva sinuosamente hacia el vacío.

Cómo escribir cuando no estás inspirado

Decía Pablo Picasso, o vaya usted a saber cuántos seres humanos lo dijeron antes y después de él sin saber nada de Pablo Picasso, que cuando llegue la inspiración que nos encuentre trabajando. Y es que los artistas siempre se han resistido, por puro afecto a ese tierno estímulo del entusiasmo poético, a ponerse a escribir cuando no les apetece; en el fondo, están convencidos de que su poesía no es más que una enfermedad; aguardan a que les dé la epilepsis para sentir ese cosquilleo entre los dedos, poner los brazos en cruz y dirigir los ojos hacia ese más allá subterráneo que sólo ellos (nosotros) conocen para finalmente resolver el asunto con un eventual “¡la escritura me llama, tengo que escribir!”.

Vida y cuentos de Edgar Allan Poe: la historia de terror de un poeta maldito

No soy, amigo lector, un hombre que se asuste fácilmente. Pero confieso que todo es cuestión de buscar la atmósfera adecuada para reproducir esa sensación. Quizás no debiera clasificarse a Edgar Allan Poe como autor de terror, si entendemos el terror como entretenimiento fabricado para una sociedad de consumo; el escritor americano abominaba de todo eso, y en el fondo, cuando escribía para la gente, no hacía sino convertir en literatura los fantasmas de su atormentada vida de artista maldito.

La literatura de Poe se enmarca en los años del romanticismo más boyante. Entonces, estaba de moda que el escritor fuese una suerte de antisistema, panegirista del sentimiento frente a los convencionalismos y a la rigidez del comportamiento decimonónico. El choque entre la apasionada adoración por lo sentimental y la realidad positiva materialista provocaba no pocos suicidios; la vida del romántico transcurría en la más absoluta desesperación.

Como pájaro triste que canta bajo la luna

Enhoramala dirijo a ti estas palabras sin saber si alguna vez llegarás a leerlas. Tú que alguna vez quisiste y ahora no quieres. Tú que habitas en el limbo de lo desconocido. Tú que eres imagen blanca, estática, sonrisa detenida. Pensar que podrías estar ahí detrás sobrecoge lo mismo que sentir tu ausencia; vagos recuerdos que estrangulan al escritor de pasatiempos, que ya nada quiere ni espera.

Eran tus letras el espejo de un paisaje verde y destemplado; bastaba pensarte para escuchar alrededor la tormenta. Cuando tú salías, las ardillas se ocultaban en los árboles y los topos en sus agujeros. Eras como una lluvia lánguida de suspiros que espiraba como el viento; una mirada triste en el aire que se proyectaba sobre los transeúntes nublados que aún andaban por las calles. Tus ojos trepaban por lo desconocido recorriendo fachadas hasta las chimeneas, mientras el agua emanaba en tromba por los desagües y el parque se llenaba de barro y plastilina.

La religión de Miguel de Unamuno: poemas sobre Dios y la eterna lucha entre fe y razón

A don Miguel de Unamuno no le bastaban las demostraciones racionalistas de la existencia de Dios. Ni Santo Tomás de Aquino, ni Descartes le satisficieron; su creencia no era fruto de la lógica, sino del anhelo de eternidad. La razón reclama para su fuero el derecho a formular juicio sobre todo lo que existe, conforme a parámetros científicos; el corazón exige la existencia de Dios porque lo necesita, porque quiere que lo haya, porque clama a Él desde las profundidades del alma, suplicando con fe o sin fe una vida que no se acabe.

Lo que pasa los viernes

Día de rezo colectivo para el islam, víspera del descanso para los colegiales y fiesta del follow friday en esa máquina infatigable que nos cuenta lo que pasa por el mundo, el viernes representa todo lo que amamos y desconocemos. Hubo una vez un hombre llamado Viernes; así lo llamó Robinson Crusoe porque lo encontró ese día. Ignorante, incivilizado, impersonal, extranjero, indígena, extraño e idólatra, no había nombre para él que revelase menos esa cualidad intrínseca de desnudez del alma en la que vivían los nativos. Viernes. Libre su cerebro de las ataduras de la civilización, distaba mucho de ser un hombre amoral; Robinson Crusoe y su amigo Viernes, que acabó abrazando el cristianismo pese a las primeras suspicacias del protestante, pudieron comprobar en la isla que el mito del buen salvaje no era más que una solemne tontería.