Mi cabeza da vueltas

Es por la mañana, respiro, la tierra sigue dando vueltas. ¡Oh, no! ¡Es mi cabeza! Pero no, no puede ser, es imposible que mi cuello gire sobre su propio eje, sin el más leve crujido, y consiga por unos instantes contemplar lo que existe a mis espaldas. Vira cuidadosamente, con lentitud de artista, pero siento que la mirada se me va, que las fibras se me deshilachan, que de repente fuese a reventar mi crasa cabeza y manchase la pared de una sustancia verde y viscosa. Me mareo... Como si me hubiese encaramado en una escarpada montaña y no encontrase sitio para bajar. Me siento, me siento... Mi hombro cobra una curvatura inusual, de vértigo, mientras lo contemplo de frente, y noto cómo se aleja en mi inefable rotación. Cuando llego a los 180º y puedo observar mi cuerpo por detrás, me invade una duda. ¿Es mi cabeza la que está dando vueltas, o mi cuerpo el que caprichosamente gira alrededor de sí mismo mientras mi cabeza permanece quieta? Parezco, sin duda, un muñeco, y temo a cada segundo que una mano gigante me agarre de pronto y empiece a golpearme con los nudillos o me introduzca en una caverna oscura y babosa. ¡Soy un absurdo que gira sobre sí mismo! Pero si esto no tendría que suceder. ¿Por qué mirar vergonzosamente la parte trasera, las pisadas que uno ha ido dejando sobre la tierra, para después de la primera vuelta retomar el norte y caminar hacia la meta deseable? ¡Qué ridículo es caminar hacia delante mirando hacia atrás! Suerte que no camino hacia atrás y miro hacia delante, pero la vista del futuro sólo dura un rato. El momento justo para echar un vistazo al horizonte y guardar la imagen en mi cerebro. Pero no, otra vez vuelvo hacia atrás, como una aguja del reloj. ¿Una aguja del reloj? ¡Debo de ser la de los segundos! ¡Dios mío, qué corta y repetitiva es la vida! ¡Siempre los sesenta monótonos ángulos de visión en los que, de cuando en cuando, sucede algo novedoso! Pero es verdad, cada vez que doy una vuelta completa descubro que lo de delante ha cambiado, y si me muevo hacia un lado, mi dirección cambia y mi cerebro se hace un lío. ¿Debo seguir caminando hacia delante aunque sólo lo pueda ver unos segundos? ¿Miraré hacia atrás mientras descubro con amargura los tropezones del pasado en fugaces lapsus de frustración? Temo que en un segundo fortuito de mi carrera el reloj se detenga y mi cabeza quede para siempre vuelta del revés. Espero que el porvenir sea los sesenta segundos y el medio minuto radique en la visión del ayer. ¡Pero quién sabe el momento en que un reloj deja de funcionar! Qué triste cuando en el corto espacio de mi incesante tiovivo descubro de pronto unos hombrecillos que me observan con sorna y ora me golpean en el cogote por delante, ora en el cogote por detrás, de manera que nunca puedo verles. Mis brazos se estiran torpemente hacia delante intentando agarrar a alguno, pero no puedo alcanzarlos, aunque oigo sus graznidos. Pasan por debajo de mis brazos, los esquivan, juegan a hacerme cosquillas en los dedos y se burlan de mi ceguera. Se mueven al ritmo de mi cabeza y siempre espero un día darme la vuelta y encontrarme frente a frente con ellos. Tal vez algún día cometan un error y pueda topármelos. Pero mientras tanto sigo dando vueltas y ahora me golpean y oigo risas cercanas. Sí, risas... ¡Qué terrible es ser un juguete previsible! Siempre que quiero acercarme a alguien, cree que le doy la espalda y no le hago caso. La mayoría se alejan de mí ofendidos como si estuviese en mi mano controlar esta rueda de rotación infinita. ¿Quién diablos la puso en marcha? ¿Quién demonios diseñó tan macabro artilugio de tortura? Estará por ahí, no muy lejos, donde una vez me desperté y descubrí que daba vueltas alrededor de mí. ¿Acaso alguna vez fui como uno de esos que gobiernan su cabeza? ¿No será que siempre estuve dando vueltas? Parece mucho menos terrible que requerir la existencia de un tétrico juguetero. ¡Pero mi cabeza da vueltas, mi cabeza da vueltas! Y soy consciente de que da vueltas, y de que alguna vez no las dio, y de que alguna vez empezó todo y de que algún día, algún día terminará por fin. Puedo observar lo que hago por delante y por detrás. Puedo mirar hacia arriba y hacia abajo. ¡Soy libre porque me gobierno! Sea que mi cabeza esté dando vueltas o que permanezca quieta, sea que alguien la pusiera en marcha o haya siempre funcionado así, todo empieza ahora y vuelve dentro de un rato. Tal vez si me volviese atrás sobre mis huellas... ¡encontraría lo mismo que yendo hacia delante!

2 comentarios:

  1. En estos días de celebraciones, es inevitable cometer algún que otro exceso con la bebida. Yo también he experimentado en ocasiones los síntomas que describes y son sumamente desagradables. La resaca es algo criminal.

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  2. Muy buena la simbiosis del hombre y el reloj, el ritmo está muy conseguido. El texto parece un metrónomo, y alternas, en ese tempo, las reflexiones y la realidad física. Todo en uno.
    Me tomo la libertad de reproducir un fragmento de un poema de Pedro Salinas (La voz a ti debida, 1933)cuyo ritmo es acertadísimo:

    "¡Sí, todo con exceso:
    la luz, la vida, el mar!
    Plural todo, plural,
    luces, vidas y mares.
    A subir, a ascender
    de docenas a cientos,
    de cientos a millar,
    en una jubilosa
    repetición sin fin,
    de tu amor, unidad."

    Un saludo

    Esteban

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